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El Caso (y Ocaso) de Benjamin Franklin en Miraflores

Yuri Rodríguez Vásquez

Primero pensé que era una broma, una tomadura de pelo (o una cámara escondida); pero, contra todo pronóstico, resultó siendo cierto. Hoy, que el tiempo ya pasó y que estoy en la clandestinidad, puedo relatar lo sucedido.

La mañana del lunes 5 de abril del 2004 no sé qué habrá pasado, pero al día siguiente fue cuando conocí a Don Estuardo.

Yo estaba sentado en una de las tantas bancas que hay en la avenida Pardo, en Miraflores. Acababa de dejar mi trabajo por una diferencia de opinión con mi jefe (él quería que me largue y yo no), así que trataba de encontrar la forma de retomar el camino, cuando de pronto alguien se paró frente a mí. Era Don Estuardo, claro que en ese momento no lo conocía. Entonces, sin más, me preguntó: "¿Eres tú?". Por un segundo -bueno, por dos- quedé pasmado. De acuerdo a como se le viera, podría tratarse de una pregunta existencial, de hondo contenido filosófico, o también podría tratarse de una estupidez.

Sí, soy yo, le respondí con poco existencialismo y más bien con mucho de estupidismo.

Entonces sucedió algo improbable. Don Estuardo metió la mano en su saco y extrajo un inmenso fajo de billetes de 100 dólares, lo que resultó impresionante considerando que no tenía saco. Toma, me dijo; y yo, en un acto casi involuntario, estiré mi mano y recibí el dinero. Entonces me dijo: Me llamo Don Estuardo, también podrías llamarme Juan, pero no tendría sentido.

¿Qué es esto?, pregunté sin salir del asombro. "Son dólares, creí que lo sabías", me dijo y luego sacó más fajos y agregó "para ser más exactos son 100 mil dólares".

Yo seguía atónito, totalmente despalabrado. Don Estuardo notó mi perturbación. "No te preocupes" me dijo y agregó "si no me sigues ni dices nada a nadie nos vemos en un año, en este lugar y a esta misma hora". Y así, de repente, se fue. No tuve tiempo de preguntarle nada más, ni siquiera pude pedirle su email para agregarlo al messenger.

Palpé el dinero y sentí que Benjamin Franklin, cuyo rostro aparece en los billetes de 100 dólares, me observaba. Luego levanté la cabeza y me quedé unos minutos mirando hacia todos los lados, buscando alguna explicación y buscando también un banco donde hacer el depósito antes que Don Estuardo regrese arrepentido.

En mi depa, con el dinero ya en mi cuenta de ahorros, decidí tomar las cosas con calma. Mi primera pregunta fue si debía gastar o no el dinero. Una parte de mí me decía que sí, otra parte me decía que no, otra parte me decía que lo haga pero con responsabilidad y otra parte me decía que mejor vaya a tratar mi problema de personalidad múltiple. Decidido a usar el dinero, medité sobre cómo debía gastarlo. De pronto, la idea de ayudar a los pobres del país pasó por mi mente, pero pasó muy rápido.

Al final viajé mucho y compré muchas cosas útiles, algunas de telemarketing (tengo un kit completo para destender la cama) y otras de maquinaria pesada (la limpiadora de nieve está como nueva).

El tiempo pasó y un año después yo estaba sentado en la misma banca y a la misma hora (y con la misma ropa para ser sincero). Miraba a todos lados esperando la llegada de Don Estuardo. Varias interrogantes pasaban por mi mente (¿por qué se pierden los imperdibles? ¿Edipo sufría o no del complejo?). Entonces lo vi.

Caminó hasta mí con paso cansado. Volvió a sacar varios fajos de billetes y me los dio. "Nos vemos en un año", me dijo. Esta vez no pude contener la curiosidad y le solté todas las preguntas que debía haberle hecho hacía un año y que habían rondado en mi cabeza durante todo ese tiempo. ¿Quién eres? ¿Por qué haces esto? ¿Por qué me elegiste a mí? Se me acercó con aires de abuelo engreidor y me respondió: "En verdad nada de eso importa".

Los dos años siguientes fui al mismo lugar y Don Estuardo apareció sin falta. Le volvía a importunar con mis preguntas y él siempre me daba evasivas, pero también me daba el dinero así que todos felices y contentos.

Este año volví a sentarme en la banca en la fecha y hora indicada, pero Don Estuardo -para mi congoja- nunca llegó.

Todo cobró sentido cuando semanas después vi su foto en El Comercio. Estaba en una nota que daba cuenta del extraño caso de Don Estuardo Ibañez del Campo, un anciano millonario que había fallecido de cáncer y que, para sorpresa y estupor de sus herederos, había gastado casi toda su fortuna entregando ingentes cantidades de dinero a desconocidos. La nota afirmaba que se está buscando a los beneficiados para recuperar el dinero, pues según uno de sus mortificados herederos "ese viejo loco no tenía derecho a dilapidar la fortuna familiar".

En salvaguarda de mi seguridad personal he cambiado los nombres y lugares que aparecen aquí (por ejemplo, las cosas no sucedieron en la banca que mencioné de la avenida Pardo, sino en la banca del costado).

Y bueno, pese a estar en la clandestinidad, no me puedo quejar. Al final, me queda el recuerdo desinteresado de aquel viejecito que me procuró tantas alegrías. Siempre evocaré con nostalgia el apacible, amable y verdoso rostro de Benjamin Franklin.



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Comentarios (2)Add Comment
0
anonima
13 enero, 2010
200.106.125.120
Votos: +0
...

me gustó más q el otro mi estimado yurix! eres chistoso :)

Christian Chacon
Christian Chacon
15 enero, 2010
190.42.107.128
Votos: +0
...

jajaaaaaaaaaaaa

q buena, pucha , haber si eso me pasa algún día :P

muy buena crónica.

sigue asi :)

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