El conocido arqueólogo y explorador Doctor Jones de la Universidad de Indiana acaba de hacer público el hallazgo de una carta que dará nuevas luces sobre la participación del Perú durante la Segunda Guerra Mundial. A continuación el texto:
Enviado por el gobierno de Prado y Ugarteche llegué a la Alemania nazi, en marzo de 1943. Antes de ello había pasado por un muy riguroso entrenamiento.
Exigiéndome al máximo físicamente, pasé largas jornadas yendo la gimnasio todos los días, aunque nunca llegué a entrar. Para fortalecer mi control mental tomé un curso personalizado con un joven llamado José Silva quien estaba perfeccionando un método al parecer bastante efectivo, pero al cual no sabía bien qué nombre ponerle (1).
Al mismo tiempo, hice la proeza de llevar el curso intensivo de alemán de tres años, en apenas tres semanas. En la breve ceremonia de graduación, escuché perfectamente a mi profesor que en alemán dijo que nunca antes había visto un marciano en el techo de la lavadora, o algo así.
El Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas me mandó a llamar un día antes de mi partida, porque hacerlo un día después sería ya muy complicado. El jefe del comando me felicitó por la preparación obtenida, encomió mi fortaleza y me aseguró que tenía una cita impostergable con la historia. Le agradecí, pero le pedí que se apresure porque en verdad la cita impostergable la tenía con el dentista.
Mi misión era clara: Viajar a la Gestapo, introducirme en Hitler y matar a Alemania. Bueno, hay que ajustar algunos detalles, pero la idea era esa.
Pasé dos días enteros caminando en los alrededores de la sede de la Gestapo, estudiando los horarios de entrada y de salida, así como su infraestructura casi infranqueable. Tenía que haber alguna forma de entrar. Al tercer día seguí caminado en los alrededores, pero ya algo desanimado en verdad porque no sabía cómo lograr el ingreso. Entonces sucedió. Pude entrar de la manera más imprevista: me arrestaron por conducta sospechosa.
La misión ya estaba en marcha. Me metieron en una especie de jaula, parecía una inmensa jaula de pajaritos, aunque la verdad el alpiste me pareció excesivo. En seguida pedí audiencia con el mismísimo Hitler. Entonces aparecieron dos tipos. Uno era el encargado de Relaciones Públicas de la Gestapo llamado Gregor Strasser; y el otro, no.
Insistí en que debía ver al Führer pues tenía una información valiosa que darle. Strasser me dijo cortésmente que por el momento Hitler no podría atenderme, pero que mientras tanto estaba muy interesado en averiguar cuántos voltios podía resistir mi cuerpo.
Por suerte, las sesiones de electricidad no duraron demasiado. El último recibo de luz enfureció al Führer, me confesó Strasser. Debo aclarar que la tortura no me dejó ninguna secuela porque yo no soy marinero, soy capitán...por ti seré, por ti seré.
Una noche, cuando estaba a punto de perder la esperanza, la perdí. Entonces, en forma inesperada, apareció el asistente de Strasser. Abrió la celda, apartó el alpiste y el choclo y me sacó de la jaula. Me encapucharon, me subieron a un coche y partimos. Cuando llegamos, me sacaron a rastras hasta una habitación. Solo entonces me sacaron la capucha.
Fue increíble. Frente a mí estaba el objetivo mismo de mi misión. Tenía un bigote recortado a los lados, una mirada siniestra y un sticker pegado en su uniforme que decía: Hitler. Junto a él, según leí en sus etiquetas, estaban Himmler y Goering. Había oído hablar de ellos y de sus atrocidades. Apelé a mi entrenamiento de control mental de Silva. Levité, moví cosas con mi pensamiento, vi el futuro y hasta se me reveló quien ganaría el próximo clásico, pero los nervios seguían ahí.
Hitler se acercó y me pidió que le dijera eso tan importante que tenía que decirle. Himmler me dijo entonces que si mi información no era relevante me mataría de un balazo en la cabeza y lanzaría mi cuerpo a los lobos esa misma noche. Goering le dijo a Himmler que no era necesario agregar eso de que arrojaría mi cuerpo a los lobos, porque la verdadera amenaza era el balazo en la cabeza. Himmler retrucó y habló de que había buscado darle un efecto dramático al asunto. Ambos se enfrascaron entonces en una conversación que pronto devino en discusión, pero siempre alturada y respetuosa. Hitler y yo los mirábamos atentamente. Himmler y Goering siguieron discutiendo y así permanecieron un buen rato hasta que Goering se cansó de discutir y dio un alturado y respetuoso balazo en la cabeza de Himmler.
Hitler ni se inmutó y hasta pareció aliviado. Goering pidió entonces permiso para llevarse el cuerpo de Himmler y lanzarlo a los lobos. Hitler asintió, pero le pareció innecesario eso de lanzarlo a los lobos. Goering dijo que quería dar un efecto dramático al asunto. Hitler y Gorieng se enfrascaron entonces en una conversación que pronto devino en discusión. Goering abrevió las cosas y se disparó en la cabeza. Hitler llamó a unos soldados y ordenó que arrojen a Himmler y a Goering a los lobos. Me pareció exagerado eso de los lobos pero creí conveniente no comentárselo al Führer (2).
Entonces, Hitler y yo nos quedamos solos. Era el momento, la oportunidad que había estado esperando desde que partí de aquella fría mañana del puerto del Callao. Había fabricado un arma pequeña que ocultaba y estaba atada a mi tobillo. Era muy artesanal y solo podía dispararse una vez. Estando a un metro de él, saque el arma. El Führer, furioso, llamó a su seguridad, pero solo apareció un soldado, con la novedad que los miembros de la seguridad estaban disputando un partido de fulbito con la seguridad de Stalin. Hitler se enfureció más aún y golpeando su escritorio preguntó "por qué no se me informan estas cosas". El soldado, que no había notado mi arma, trató de calmarlo, pero Hitler no entendía razones y le ordenó salir de la oficina (3).
Apenas el soldado salió, disparé y el Führer cayó en un charco de sangre, la sangre de Himmler, claro. Lo que siguió fueron sucesos que apenas alcanzo a recordar. Un grupo de soldados en shorts, polos y zapatillas ingresaron y me golpearon sin cesar y sin César, que era el jefe de la seguridad. Luego sentí que me metieron en un auto y me encapucharon y me llevaron otra vez a la Gestapo. Ahí me recibió Strassen, quien me anunció que mi muerte sería lenta y placentera, para él claro.
Estoy a punto de morir, me queda la duda si logré asesinar a Hitler, debí haberle disparado en la cabeza, pero ese bigote recortado me distrajo. En cualquier momento, los asistentes de Strassen vendrán por mí y será el fin. Apelo a mi control mental para afrontar este último momento. Si alguna vez se encuentra este texto, quiero decirle a mi familia que la quiero mucho y quiero decirle a todos mis acreedores: ja-ja-ja.
1. Años después, José Silva, ex vendedor de enciclopedias, triunfaría creando el ahora famoso Método Silva.
2. Según la versión oficial, Goering y Himmler murieron tras ser atacados por lobos armados mientras paseaban en el bosque.
3. Es muy probable que la referencia al partido de fulbito sea inexacta, pues se sabe que la seguridad de Stalin prefería el voley.
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