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Rompe
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No Lucho Contra la Flojera

Carla Antonioli

No me gustan los lunes. El solo hecho de levantarme para ir a trabajar es toda una ceremonia. Suena la alarma una y otra vez y yo aún tengo recuerdos frescos del fin de semana. De esos dos días en los que pude dormir hasta tarde. De esos dos días en los que salí con mis amigos, en los que fui al teatro, bailé y saludé a mis abuelos.

Intento apagar el reloj pero algo me detiene. Esta vez no es la flojera o el sueño acumulado. Algo me jala para atrás, me amarra y me detiene. Sigo pensando que es mi imaginación y que aún ando media dormida. Respiro profundo y sigo intentando escapar de mi cama para no llegar tarde a trabajar. Pero no puedo moverme.

Comienzo a sentir pánico mientras se me va quitando el sueño casi de golpe. Intento moverme pero es como si una pared hubiera caído sobre mí y me paralizara. No quiero mirar qué es, comienzo a sentir pánico y me cuesta respirar.

Mi sábana me amarra las piernas como cadenas, no me dejan escapar. Mi almohada comienza a trepar por mi espalda, se va enrollando por mis hombros, intentando apretar mi cuello. Una gota de sudor producto del terror comienza a caer por mi frente. ¡Mi sábana y mi almohada me están atacando!

Anonadada por lo absurdo de la situación, comienzo a luchar por mi vida. Rezo para que el colchón no se voltee y se una a la tortura. Hago una especie de movimiento de karate digno de Kill Bill y golpeo a mi adversario que viste un traje blanco con flores rojas. La sábana adivina mis intensiones y trata de defender a su compañera intentando amarrarme las manos.

Luego de muchos forcejeos y devaneos, logro poner a la almohada fuera de combate y termina en el piso, exhausta, casi sin poder respirar. Ahora me enfrento a la sábana que me envuelve como arenas movedizas. Me inspiro en Trinity de Matrix pero lamentablemente yo no vuelo y pateo mal. Caigo de lado y me lesiono. La sábana cree que está en ventaja pero yo no me doy por vencida. Luego de marearla un rato puedo por fin lograr que se enrede entre sus extremos y termino haciendo un nudo. Vencí.

Agotada y lesionada procedo a meter a mis adversarios en una bolsa. Mientras pienso en como deshacerme de estos, me doy cuenta que se me está haciendo tarde para ir a trabajar.

Recojo la ropa que puedo, me baño y sigo pensando, incrédula, qué haré con esos dos, que se volvieron locos de repente. Casi no tengo tiempo, es un hecho que voy a llegar tarde, demasiado diría yo. Finalmente encierro a mis contrincantes en el closet, creyendo que luego los quemaré y enterraré en algún parque lejano para que no le hagan más daño a nadie.

Bajo las escaleras corriendo y enciendo el auto, manejo a toda velocidad entre el caótico tráfico de Lima. Esquivando combis, taxistas y algunos autos viejos que no entienden el sentido de las pistas. Lo único bueno es que encontré un buen lugar para cuadrar el carro sin que me cueste mucha plata. Son casi las 10, mi jefe me va a matar.

Subo en el ascensor, entro a la oficina y lo veo mirándome fijamente desde su escritorio. Ni lo llamé para decirle que llegaría tarde. ¿Me creería si le digo que la almohada y la sábana intentaron matarme?

Me dirijo a mi sitio mirando el suelo, en completo silencio, aún incrédula por lo que pasó más temprano. Mi jefe me llama la atención. Quiero decirle que estuve en peligro de muerte y que luche como toda una heroína y salvé mi vida; pero no puedo. Nadie creería lo que pasó; es más, ni yo entiendo qué sucedió. Pensaría que estaba loca y que terminaría en un psiquiátrico.

Volví a mi casa esa noche, a mi habitación. Miré mi cama aún destendida y chueca y el pánico me invadió. No pude volver a abrir el closet donde había encerrado a la sábana y la almohada. Pensaba que habían sido poseídas por alguna fuerza demoniaca o algún fantasma sin rumbo y querían matarme.

Me mudé. Todas las cosas que estaban en el closet se quedaron ahí también. Una lástima. Ese era el lugar donde guardaba mis zapatos favoritos. Ni modo, mi vida valía más.

Desde ese día, dejé de dormir con almohada y solo uso cubrecamas. Y eso, a veces ni duermo bien, soñando que quizá el cubrecama también querrá matarme. Tampoco volví a llegar tarde nunca más. Lo único que se mantuvo igual fue el tráfico imposible bajo el cielo plomo de mi adorada Lima.

Imagen: Flickr



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