
Tratar de mantener el equilibro en una delgada vereda del puente no hubiese sido un problema, pero la lluvia empezaba a acentuarse un poco, entonces serpenteaba entre los charcos con la ropa empapada mientras trataba de recordar si era Augusto su nombre o su apodo Chelo. Finalmente se gritó lo último. ¡Chelo! ¿Cuánto más vamos a caminar?
Como en casi todas las ciudades de la selva el paisaje de motos y mototaxis es implícito, bien podría subirme a cualquiera pero el anfitrión cuenta que no en todas las selvas es seguro, al parecer Chelo es tan conocido en Tarapoto como los helados Muyuna, una suerte necesaria una vez que salíamos del concierto de los Hermanos Yaipén. Mientras seguíamos caminando empapados empecé a comparar la ciudad, jamás en Puerto Maldonado he visto un mar de motos a las afueras de las discotecas, en Tarapoto no existe taxi de moto lineal y no hay copazú, fruta de mi adicción durante el año que viví en Madre de Dios. Mi expectativa por descubrir la zona era real desde el momento que dejé el nocturno vuelo de Lan.
Escápate
En la plaza de Nazca todos se acumulan alrededor de una persona, cuando me doy cuenta y asomo entre las cabezas un pequeño telescopio se deja ver entre la gente, a su lado un delgado sujeto, barbón pero algo calvo, su acento lo delata, es un venezolano que ofrece ver por tan sólo un sol a Neptuno. La escena me recuerda aquel pasaje de los gitanos llevando el hielo a Macondo, los curiosos no dejan de agruparse y preguntar que es lo que está ocurriendo.
Una vez, durante los primeros meses del año, soñé que estaba en Puno. Había llegado de día y lo primero que hice fue correr al Titicaca, en mi sueño fue como correr por cualquier playa costera. Más de eso, no recuerdo, sin embargo me vino la idea que me había propuesto este año; viajar lo más que me permita el tiempo y el bolsillo.
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