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Ruta Sur: Entre la Tierra y el Cielo

Ana Karina Junes

Una vez, durante los primeros meses del año, soñé que estaba en Puno. Había llegado de día y lo primero que hice fue correr al Titicaca, en mi sueño fue como correr por cualquier playa costera. Más de eso, no recuerdo, sin embargo me vino la idea que me había propuesto este año; viajar lo más que me permita el tiempo y el bolsillo.

Fue así que decidí armar mi ruta por el tan concurrido circuito sur. Puno era un destino del que me quería sacar el clavo desde mis épocas en la universidad y finalmente lo haría realidad, no sin antes pasar obligatoriamente por Colca.

Existen dos maneras de conocer un lugar, una es como turista y la otra como viajero, personalmente prefiero la segunda opción con algunas chances de pagar por servicios o algún itinerario específico. Algunas coordinaciones previas desde Lima y ya estaba lista para empezar a ordenar la mochila para diez días de improvista aventura. Es que viajar me produce eso, una ansiosa necesidad de tratar de conocer lo más que se pueda de un destino, su gente, su comida y su producto turístico en sí. Un solo viaje no basta, es por eso que con esta tercera vez que iba a Arequipa había algo nuevo que conocía

Obviamente que la ciudad ha cambiado, la primera vez que fui tan sólo era una niña y lo que más salta a mi mente es la imagen de cómo correteaba a las palomas en la Plaza de Armas, eso sí, las palomas siguen ahí. Sin embargo este año llegaba con una enorme mochila al terminal, un taxista nos llevó a mis amigas y a mí a un hospedaje por Vallecito. Después de inspeccionar el lugar decidimos quedarnos y empezar el recorrido por la tierra de Melgar. Algo que recordaba de mi segunda visita por estos lares characatos era lo rico que se comía. Punto de rigor e inicio: el mercado.

Los mercados son el perfecto lugar para entender una ciudad, su consumo y su vida diaria, no existe nada más enriquecedor que conversar con una casera o con algún ciudadano de a pie con quien compartes banca a la hora del almuerzo. ¿Qué amo yo de los mercados? Las juguerias.

Barrigas llenas, corazones contentos, energías repuestas, las piernas son la mejor locomoción y los ojos se fusionan al de una cámara, es el momento de captar la ciudad y lo efímero de los días fuera de Lima. Son esos los instantes que más me gustan de la ruta, la sensación de ser ajena a un lugar y tratar de interiorizarlo, de reconocer las calles, de sentir que puedes quedarte ahí el mes entero y aún así no terminar de descubrirlo. Lamentablemente el tiempo es corto y a diferencia de mis anteriores visitas a Arequipa, esta sería la primera vez que conocería el valle del Colca.

Cuatro horas bordeando volcanes a ritmo de cumbia, el auto se detuvo mientras a lo lejos podíamos inspeccionar el correteo de las vicuñas de la reserva de Aguada Blanca. Finalmente en Chivay caigo rendida para revivir al vuelo de los cóndores, la libertad no podía ser más envidiada al sentir la sombra en vuelo de esas aves cubrir mi cuerpo.

Una vez de retorno a la ciudad no puedo evitar sentir que de antigua villa provinciana Arequipa ya no tiene mucho. Jugamos a buscar calles que nos recuerden Lima y casas que nos ubican en los distritos capitalinos. La vida urbana se extiende con el desarrollo de las ciudades, los centros comerciales miran con coquetería, si uno quiere escapar del consumismo masivo de Lima, ahora tenemos que ir más lejos. Más alto.

Quizás por eso llegar a Puno me produjo más éxtasis al ver la ciudad brillar al lado de un enorme lago que reflejaba las luces en sus aguas. Llegar a un destino de noche tiene cierta magia romántica, es la imagen más fuerte en mi memoria que evoca la noche que llegué a Lima para vivir y de eso ya casi veinte años. Sin embargo a Puno sólo llego por unos días y ese sueño de hace unos meses, entonces, se volvió real.

Al tercer día de mi estancia desperté en un mundo distinto, la noche anterior había llegado a la casa de don Julián con linterna en mano descendiendo de unos de los puntos más altos de Amantani, cansada me dormí y al despertar conecté nuevamente con la realidad. La casa de don Julián era un modesto hogar en donde su hija Benita nos había recibido con sumo afecto y una deliciosa sopa de quinua. Todos los días salen temprano a pastar las ovejas, mientras doña Rosa, la mamá, camina hilando, con los pies ágiles, mirando siempre adelante y sin tropezar.

Todo cuanto nos rodea es azul, el cielo y el lago no tienen límite y bien podría remar hasta la luna que se deja ver claramente durante el día, son esos momentos cuando uno se conecta con el mundo, respira profundo y libera el espíritu. Definitivamente no dan ganas de volver, pero acá estamos, planeando a dónde escapar la próxima vez.



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Comentarios (1)Add Comment
Lynn Mora
Lynn Mora
16 diciembre, 2009
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Hace mucho tiempo que no voy a Puno, pero recuerdo muy bien la llegada con el lago de fondo, todo un espectáculo. Por otro lado, me gustó mucho que mencionaras sobre los mercados, esos lugares llenos de tanta alegría y tradición, son atmósferas que prevalecen con el paso del tiempo (en muchos países se ha dejado ya esta costumbre). Felicitaciones por el artículo!

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